La Afrenta

La afrenta y el testimonio real
de una víctima de Mobbing

 “Una afrenta son hechos o gestos que ofenden gravemente a una persona
por atentar contra su dignidad, su honor y su credibilidad

 

Antiguamente era tan cercana la relación de una afrenta con el honor que, quienes se encontraban en esos sentimientos, se batían a duelo. El honor era el valor más preciado; en el honor viaja nuestra trascendencia.

Aún en estos tiempos, el honor se mantiene así de sagrado en algunas naciones y en algunas personas.

Hoy batirse a duelo es algo impensado, al menos en el formato de antaño, antiguamente los duelos se daban en condiciones similares para ambos participantes, con jueces  mediante. Usaban la misma arma y se actuaba sólo cuando el juez daba la orden.

En ese escenario de confianza se debatía el honor.

Mucho de eso cambió. Los duelos de hoy se dan en condiciones completamente adversas entre quienes valoran el honor y la honradez, versus las condiciones que imponen los abusadores y los corruptos que abusan sin compasión y sin valores.

Son ellos los poderosos, los dueños, los pioneros, los inspiradores, los fundadores, los gobernantes, los legisladores, los gobernadores, los creadores, los directores, los acreditados, los certificados, los premiados… ellos mismos se otorgan los títulos ¡son insaciables!

 

 

Este es el testimonio real de una víctima de Mobbing

(Respira profundo antes de comenzar la lectura)

 

Este es el testimonio:

“Mis abusadores dirán que soy un resentido, que invento historias, que estoy perturbado mentalmente, que no es posible hablar conmigo. Dirán que estoy estresado, obsesivo, que no soy capaz de perdonar… que estoy enfermo. Dirán todo eso y más.
Al final cada quien lo verá con sus propios ojos, con su propio observador, como algunos citan con pasión.

También – porqué no – muchos lo escucharán con la mano en el corazón.

Pareciera que el resentimiento es un pecado y que no es bien visto estar resentido. Pareciera también que el único resentido en este planeta fuera yo, porque nadie quiere confesar que lo está. El coaching transformó el resentimiento en una especie de enfermedad y la verdad es que yo no estoy tan seguro de eso. Me parece que también es un juicio que usan para protegerse y distanciarse de quienes tienen opiniones diferentes o de quienes se sienten decepcionados o mismo engañados… “lo que pasa es que está resentido…” eso dirán siempre.

Debo ser honesto y lo voy a confesar antes de seguir: estoy re-sentido, re-decepcionado, re-triste, re-preocupado, y no lo puedo evitar. Pasa el tiempo y no lo puedo perdonar.

Lo intento, Dios sabe que lo intento.

Durante varios meses, tal vez más de un año, fui víctima de Mobbing y hoy vivo como un damnificado de esa experiencia, de esa catástrofe de naturaleza humana. Estoy en una etapa de rehabilitación que va desde una franca – hasta una relativa recuperación.

En aquella época, cuando comenzaron los hechos, comencé a llegar a mi casa nervioso, confundido, enrabiado, a veces muy angustiado. Mi familia también comenzó a sufrir, nos empezamos a enfermar. Estaban muy preocupados por mí, soy una persona con una imagen de entusiasta, de mucho humor, de buena persona y ahora estaba angustiado, irritable, irreconocible.

¿Qué me estaba pasando?

El Dueño de la empresa y un asesor personal se coludieron  para acosarme, ignorarme y engañarme, con el fin de que renunciara por mi voluntad a mi cargo y me fuera de la empresa. En esta trama también participó quien era mi ejecutiva y asistente de confianza, la persona a quien yo escuchaba sus consejos. Esto último fue una completa sorpresa para mí, de hecho muy triste y decepcionante, eso lo descubrí recién cuando yo ya iba a renunciar. Conocí la deslealtad de una forma brutal.

El resto de las personas colaboró en el silencio, algunos tuvieron gestos de amistad o lealtad,  otros indiferentes, y algunos en el miedo. Era un caos de sentimientos.

Yo era el Gerente General y Representante Legal de la empresa, la gente me respetaba, me quería y me apoyaba. Por mi parte yo los amaba y sentía que cuidando a la empresa los cuidaba también a ellos. Eran tiempos notables de progreso, ética y valores. Por primera vez había utilidades reales y las finanzas estaban sanas, después de una larga y penosa etapa de corrupción interna.

El dueño me premió haciéndome parte de la sociedad. Yo instalé valores y lo hice de la única manera que es posible instalar valores en una organización: con mi propio ejemplo… y funcionó. 

No acepté, por motivo alguno, incurrir en malas prácticas y menos hacer la vista, aunque la tentación fuera grande y el propio dueño se mordiera la lengua. Eso fue lo que ellos me pidieron y me enseñaron y, aunque parezca increíble, también fue eso mismo  lo que no perdonaron.

Descubrí que lo que ahí sucedía era muy parecido a la historia del Padre Gatica, ese que mucho predica y muy poco practica.

Echar a un Gerente General en esas condiciones era indefendible. Entonces estos cobardes, codiciosos, que no se atrevían a echarme, decidieron quebrar mi voluntad,  mi imagen, mi estima y mi liderazgo. También con eso estaban quebrando mis sueños, mi tranquilidad y el amor por lo que hacía.

Durante los últimos meses que permanecí en mi cargo fui poco a poco siendo declarado incompetente con ironías y burlas en las reuniones de Directorio. Me pedían informes más técnicos, los que sólo los ingenieros saben hacer. Yo me formé como publicista…

– Tú no tienes por qué saber hacer ese tipo de informes, tu eres de formación… más bien diseñador –  así se expresaba el Dueño con gesto de arrogancia e ironía, y el resto… sonreía. Pero curiosamente no me pedían la renuncia u ofrecerme otra cosa o decirme exactamente lo que querían. Yo hablé con el Dueño para que se sincerara y me dijera qué quería ¿Quieres que yo me vaya?  – No claro que no, respondía, eso no está en discusión 


No se atrevía a despedirme porque no tenía argumentos sensatos para hacerlo.

Como esto no funcionaba entonces poco a poco me fueron declarando enfermo – “notamos que estás un poco desestabilizado, necesitas descanso” –  decía el Dueño o  – “Cuídate mira que te puede dar un ataque al corazón” –  decía burlonamente el siniestro asesor personal.

Yo estaba mal, estaba desorientado, no entendía bien lo que estaba pasando. Me sentía culpable de esta situación y comencé a dudar de mis competencias. A decir verdad empecé a sentirme como una persona decadente, incompetente, inútil.

Comenzaron a no incluirme en algunos mensajes y acuerdos, luego dejaron de enviarme información; no participé más de reuniones de Directorio. Tenía muy poco que hacer y es ahí donde comienza a pasar algo muy triste, llega fin de mes, recibes tu sueldo y tienes la sensación de no haber hecho nada. Una situación que moral y emocionalmente resulta insoportable.

Ninguno de quienes eran mi equipo más cercano se atrevía a hablar conmigo, nadie se ofreció para ayudarme… “si el Dueño se enteraba…”

El dueño habló conmigo y me aconsejó que tomara un mes de vacaciones, que yo estaba desestabilizado y necesitaba descansar para volver repuesto. Me ofreció un alto cargo que asumiría a mi regreso. Eso fue un alivio para mí.

Durante ese mes nadie me contactó. Nunca me llamaron o enviaron algún correo, alguna foto o un saludo. En esas circunstancia la sensación que experimentas es que nadie te extraña y tu presencia e importancia en la empresa es cero. Por supuesto que esto no era casual, el Dueño había pedido que durante mi ausencia nadie me molestara ni me enviarán mensajes ya que yo necesitaba reposo absoluto. Seguramente algunos pensaban “que bondadoso es el Dueño….”

A mi regreso ya no tenía oficina, el alto cargo prometido se transformó en “una posibilidad que habría que evaluar” según me lo dijo en un correo. La gente apenas me saludaba, el dueño se había encargado de hablar uno a uno con todos los funcionarios para explicarles el difícil momento emocional (enfermo)  que yo estaba viviendo, y que a pesar del gran cariño y agradecimiento que me tenían, lo más razonable es que se me desvinculara .

Caminaba por los pasillos de la empresa como llevando un cartel a mis espaldas que decía: Hombre Muerto Caminando. Fue muy humillante y yo no sabía qué hacer, tuve que recurrir a un abogado para que me aconsejara y a un psiquiatra para que me diera una licencia de un par de semanas para preparar mi ida. Me quería morir. Sentía que algo muy malo estaba pasando en mi cuerpo y en mi mente, me dio susto.

La historia es larga y colmada de situaciones abusivas, sarcásticas y despiadadas. Me di cuenta que me debía ir, algo que meses atrás me resultaba imposible de siquiera imaginar.

Comenzó a aparecer el miedo a perder. A perder la seguridad, el salario, la tranquilidad, los vínculos y todo eso que estaba en la transparencia y ahora se estaba irremediablemente perdiendo . Aún con temor, lo acepté, no veía otro camino. Me di cuenta que iba a quedar en la vereda del mundo a una edad en que somos irremediablemente vulnerables.

Todo fue sin piedad: la negociación, el finiquito, la negación del Dueño a hablar conmigo y que sólo lo haría “una vez que haya firmado el finiquito”

La nueva Gerente bloqueó ese mismo día mi e-mail sin previo aviso. De un minuto a otro quedé como Toribio el náufrago.

Como no pudieron minar mi honor, me declararon enfermo.

Para poder recibir el finiquito firmé una buena cantidad de estúpidas palabras, redactadas por quienes tienen miedo de que tú los denuncies, como de verdad se lo merecen.

En mi cargo nombraron, obviamente, a quien era “mi asistente de confianza”, ella estuvo reuniéndose privada y secretamente con el Dueño los últimos meses. Ahora ya no me hablaba ni se atrevía a mirarme, a pesar de que en los últimos días sólo nos cruzamos un par de veces. Parecía andar en puntillas para no hacer ruido. Los desleales piensan que nunca más verán a quien traicionan y cuando ¡Oh! se encuentra con él, sienten vergüenza y ya no pueden mirarlo a los ojos.

Lo que sucedía era como una pesadilla, mi felicidad laboral, se escurría como arena entre los dedos.

Una vez fuera de la empresa lo único que pude hacer fue descansar. Mi cuerpo estaba destrozado. Perdí un par de piezas dentales, otras se quebraron; en mi cuello se alojó una contractura crónica, mi estima se derrumbó. Lloraba amargamente y de repente me daba cuenta con espanto que apenas tenía ganas de vivir. Las secuelas de todo esto siguen presentes. 

Después de todo este tiempo, siento que todo el Mobbing que sufrí lo puedo perdonar. De hecho todas esas historias las he ido sacando de mi mente a través de la escritura. También puedo decir que  los personajes que abusaron conmigo a pesar de no olvidarlos, poco a poco voy incrementando un perdón que avizoro en camino.

Lo que no puedo perdonar es una afrenta que hirió mi honor.

El Dueño de la empresa, 3 años antes de irme, en épocas cuando trabajábamos en la confianza, el cariño y el respeto, me regaló  el 10% de las acciones. Lo hizo en reconocimiento a mi trabajo y protagonismo, al haber sacado adelante a la empresa que estaba sumida en una inminente quiebra financiera y profunda crisis moral.

Ese regalo fue un honor y un orgullo inmenso para mí. Esa noche lo celebré con mi familia.

Pasaron 2 años y el Dueño me dijo que quería formalizar la promesa de las acciones. Fue así como se hizo un escrito, pero… con un cambio. Las acciones ya no eran regaladas, yo debía comprarlas “en condiciones muy ventajosas”, según prometía esta vez el Dueño y su asesor.

Yo le dije con claridad que no era eso lo que él me prometió.

Me respondió que, con su asesor personal, habían averiguado que el dueño de una empresa no puede ceder acciones sin costo monetario y que las acciones sólo pueden ser vendidas. No es legal, ¿me entiendes?  reafirmó con autoridad.

A pesar de la decepción, no puse en duda lo que el Dueño me decía, sobre todo porque él además era de profesión abogado. Entonces acepté y firme un documento para comprarlas mediante un complejo pago mensual que significaba algo así  como  un crédito de unos 30 años.

Unos meses antes de irme y en pleno Mobbing, le pedí al Dueño que respetara su promesa de regalo de las acciones y las incluyera en un eventual finiquito. El Dueño  me respondió a los gritos “¡¡Ya te dije que no se puede regalar acciones. Averigua con un abogado si quieres y si no te gusta devuélveme las acciones que estas comprando!!”

Tuve que reprimir mis instintos para evitar pegarle  una buena patada en el trasero por insolente y abusador. Sólo le dije : Así lo haré!

Le envié un correo al mismo abogado de la empresa consultándole, de parte del Dueño, si éste podía ceder acciones a otros por reconocimiento y sin costo de dinero  para quien las recibe.

Su respuesta fue una bomba. En el correo decía que de acuerdo a la ley, el Dueño de una empresa podía ceder y regalar acciones a quien quisiera y sin rendir cuentas a nadie. Con esta información le pedí explicaciones al Dueño.

¿Qué hizo el Dueño ante esto?

Primero me ignoró y no respondió a mis correos y llamados. Recién una vez que yo ya me había ido de la empresa y seguí insistiendo por una respuesta, me envió un e-mail  negando haber hecho esa promesa. Olvidó que  cuando la hizo, la informó también a toda la empresa en una reunión con la gente. Mintió descaradamente.

El Dueño, al negar esa promesa, indirectamente me acusaba a mí entonces de haber inventado esa historia. Eso es una ofensa, eso es una afrenta.

 

 

 

¿Pueden entender ahora lo que es una afrenta?

Es muy probable que ese Dueño, no sienta el más mínimo arrepentimiento y duerma plácidamente muchas noches. Ellos suelen decir para conformarse, esta frase magistral:

“Yo podré haber cometido muchos errores, pero todos han sido de buena fe”

Esto se puede entender como “Si ha alguien he ofendido, herido o hecho mierda, ha sido sin mi participación”

Ese pensamiento auto exime a los abusadores de toda culpa. Ellos se sitúan por sobre la ley, la justicia y el sentido común. Son sus propios jueces, para eso tienen  poder y el don maravilloso de la palabra, ésa que Dios les dio para compartirlo… y finalmente terminan  usándolo para manipular al prójimo.

A veces confiesan de que ellos cometen errores, al igual que aquellos que los creen dioses, sin embargo sus errores son “especiales”.

Se creen superiores porque tienen a otros – que se creen inferiores – a sus pies.

 

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