El último suspiro de mi padre

Mi padre no vivió conmigo.

Yo tenía  2 o 3 años cuando mis padres se separaron. Mi hermano mayor tuvo más suerte, tenía unos 8 años y había pasado su niñez viviendo con él.

Por eso la relación de mi padre con mi hermano tenía una historia; una vivencia juntos. El día que mi padre y mi madre se separaron definitivamente, mi hermano aferrado a las piernas de mi padre, le suplicaba llorando a gritos  que no lo abandonara. Esa experiencia dejaría en mi hermano una marca para siempre en su alma.

Los  escasos años que viví con mi padre, fueron los que precedieron a esa separación y por lo que sé, fueron muy duros, de mucha rabia, de mucho desamor. No tengo recuerdos de esa época y tal vez por eso mi relación con él fue menos intensa, más plácida, lejana y sin resentimiento.

Yo tengo sólo un recuerdo de mi madre y mi padre juntos. Fue cuando tenía 6 años y ambos fueron a buscarme al colegio y mi padre me regaló una pistola de chocolate, caminamos a la casa y nunca más los volví a ver juntos. Tampoco entendí porque esa vez se juntaron y me fueron a buscar. Me ilusioné con ese encuentro y con el correr de los días me di cuenta que todo seguiría igual… sin mi padre.

En los años que vinieron nos vimos muchas veces, pasaba mis vacaciones con él en Chillán,  y cuando venía a Santiago nos juntábamos para salir a  pasear. Tomábamos onces en el café Santos. Era muy cariñoso conmigo, no hablábamos mucho pero me llegaba su mensaje de tristeza, de profunda soledad.

Si bien mi padre no vivió conmigo, murió conmigo.

Estuve a su lado cuando entregó su último suspiró. Fue algo impresionante que aún retumba en todo mí ser.

En los últimos años de mi padre, nos vimos seguido. Nos reencontrarnos y aprendimos a conocernos mejor. Nos empezamos a ver cada vez que viajaba a Santiago y se quedaba en mi casa. Luego vino su enfermedad y estuvo más de 6 meses con nosotros; gran parte de ese tiempo lo pasó en cama. Lo cuidamos, lo acompañamos y el cariño brotó.

Mi padre era un ser maravilloso, correcto, culto, solitario, austero y alegre. Español y vasco por añadidura.

Don Gregorio Olalla Palacios

Don Gregorio Olalla Palacios

Mi hija Anita tenía 2 años y se transformó en su gran amiga que lo acompañaba todo el día junto a su nana Eliana, mientras Paty y yo estábamos trabajando.

Fueron tiempos bonitos, de acercamiento.

Nos hicimos grandes amigos e incluso le perdonó a Paty la carne que le preparó el día que se conocieron y que por esas cosas de la vida quedó durísima.

Varios meses antes de que le diagnosticaran la enfermedad que terminó con su vida, tuvo un encuentro  con su hijo mayor. Fue en ocasión de una de las conferencias que mi hermano venía a dictar a Chile y mi padre viajó a Santiago para verlo.

Esa fue la última conversación que tuvieron juntos y terminó en una triste discusión, tal vez por política, tal vez por la vida, no lo sé. El caso es que mi hermano poseído por la rabia le dijo gritando: “Tú eres la última persona en el mundo con la que yo puedo hablar”

Para mi  padre eso fue terrible. Durante todo el tiempo que vino después se lamentaba una y otra vez de lo que su hijo le había dicho:

“Imagínense, yo soy para mi hijo la última persona con quien él puede hablar en el mundo. Ni siquiera la penúltima, sino que ¡la última!”.

Esto lo decía con mucha tristeza e impotencia y en su imborrable acento español.

El orgullo  no dejó un lugar para el perdón, o un “lo siento” o “discúlpame papá” ¡qué cuesta un gesto de perdón!

Mi padre falleció en la madrugada del 12 de Diciembre de 1992 en la ciudad de Los Ángeles, Chile.

Viajé una semana antes a verlo. Silvia, su querida pareja, me recomendó que fuera lo antes posible, su estado era grave. Mi padre estaba en casa de Silvia y toda esa maravillosa familia lo cuidaba con un tremendo cariño y respeto.

Estaba perdiendo el conocimiento y entró en una etapa de agonía en que respiraba profusamente. Esto duró 6 días.

En el quinto día, me acerqué a la señora que era su enfermera y nos pusimos a conversar. Me decía que ella había cuidado a muchas personas en sus últimos días y que sentía que mi padre no se iba porque estaba esperando a su hijo mayor.

Mi hermano, que vive en U.S.A., no llegaba y avisó que tenía problemas para conseguir un vuelo a Chile.

Nos pusimos a reflexionar en lo que la enfermera estaba diciendo y Silvia se acordó de que tenía una revista donde le habían hecho una entrevista a mi hermano. Se paró a buscarla y llegó con ella.

Había una foto de él de una página entera que acompañaba la entrevista.

Esa noche la enfermera abrió la revista en esa página y la dejó al lado de mi padre en su cama.

Al otro día, cuando recién amanecía. Silvia me llamó desesperada para que fuera a la habitación de mi padre, quien estaba respirando de una manera que nos hizo entender que se estaba yendo.

A los pocos minutos inspiró por última vez, hubo una pausa y luego espiró para siempre. El silencio que a continuación se produjo fue un momento único, asombroso, inexplicable.

 

Muchas veces he reflexionado en esto cuando pienso en el perdón. Es probable que la muerte ponga como condición el perdón y eso fue lo que hizo mi padre en su último suspiro, para irse a descansar en paz.

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Mi hermano llegó horas después de su funeral. Yo ya había regresado a Santiago.

Una vez le toqué este tema. Miró pensativo para otro lado y no respondió. El siempre evade cualquier conversación que lo incomoda.

Muchas veces he reflexionado en esto cuando pienso en el perdón. Es probable que la muerte ponga al perdón como condición y eso fue lo que hizo mi padre en su último suspiro, para irse y descansar en paz.

 

 

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El funeral de mi padre fue un gran evento al que asistieron unas 400 personas a despedir a este caballero español tan leal, tan correcto, tan humano.

Al año siguiente me invitaron a una celebración en el estadio de Rio Claro, un pueblito que acogió a mi padre cuando éste llegó a Chile huyendo de la cruel guerra española.

Él era teniente republicano y escapó milagrosamente refugiándose en Francia y luego, por esas cosas de la vida, viajó a América hasta llegar a este apacible pueblito de Chile.

En realidad mi padre viajó de la Guerra a la Paz.

El Alcalde  me invitaba para la celebración del día de España  (12 de Octubre, día de la raza) en que se jugaría la Copa “Don Gregorio” en honor a su a mi viejo, en un partido de fútbol entre la Selección de Río Claro frente a un equipo invitado de la Región. Silvia y su familia asistían conmigo, también Carlos con su esposa e hijos, a quien mi padre quería como a un hijo y él era parte de esa familia.

Esta ceremonia siguió realizándose durante 12 años y yo era el principal invitado junto a las dos autoridades: el alcalde y el carabinero del pueblo. Yo debía llevar la Copa, la bandera y el himno Español,  además de un discurso.

Era algo impresionante; una cancha de fútbol, más de dos mil personas, juegos chilenos, caballos, bailes españoles. Una ceremonia que se iniciaba con los himnos de España y Chile y el izamiento de ambos pabellones. La gente me saludaba con cariño y muchos se acercaban a contarme historias de mi padre o simplemente a expresar su cariño. Me miraban con admiración y yo me sentía orgulloso.

Todos los años cargaba mi camioneta con regalos para los niños de Rio Claro, la copa “Don Gregorio”, la bandera y el himno. Todos esos años disfruté  de una fiesta única y maravillosa.

Mi hermano durante esos 12 años nunca pudo ir, tampoco expresaba mucho interés por esta celebración. Quizá eso contribuyó a que muchas personas en Rio Claro, pensaran que yo era hijo único e incluso algunos imaginaban que yo era mi hermano, a quien muchos de ellos conocieron cuando era niño.

A mi hermano no lo vi llorar, su actitud siempre fue serena y reprimida.

Sin embargo en todas sus Conferencias nunca deja de contar  “La historia del mendrugo de pan”, una historia real vivida por nuestro padre durante la guerra civil española. En ese escenario mi hermano le rinde un homenaje lleno de profundo amor y gratitud a través de esta historia que retrata la humanidad y la nobleza de Don Gregorio.

Inevitablemente durante su relato rompe en sollozos, siempre a punto de estallar en un llanto… ese llanto que aún no llega.

En el fondo de su alma sigue escondido ese niño aferrado a los pies de su padre, rogándole una vez más, llorando, que no lo abandone  porque lo ama y mucho.

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Acerca de Jorge Olalla Mayor

Publicista, Director Creativo, Coach Ontológico
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